Volver atrás / Cubierta de la Revista Cubana de Ciencias Sociales Revista Cubana de
CIENCIAS
SOCIALES

Nros. 33-34



Santa Brígida: Historia de un cafetal

Delia Lassale Herrera
Lic. en Historia. Investigadora del Centro de Antropología del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

Resumen. El presente trabajo aborda la historia de un cafetal tipo francés del siglo XIX en Cuba, desde una perspectiva histórico arqueológica. Esta reconstrucción hecha sobre la base de la arqueología espacial y de los archivos parroquiales ofrece un modelo que puede ser aplicado a otras plantaciones esclavistas, ya que no solo reconstruye la genealogía de los propietarios sino también rescata las principales características de la dotación esclava.

Introducción: La industria del café en Cuba

Aunque muchos autores aseguran que el café comenzó a cosecharse en Cuba desde mediados del siglo XVIII, pero sin pretensiones comerciales, esta industria, según los criterios más tradicionales se inicia con la destrucción de las plantaciones haitianas como consecuencia de las grandes rebeliones de la última década del ese siglo, cada día resultan más numerosas las referencias de haciendas que, aunque dedicadas a otros renglones económicos, contaban entre sus productos el café, el que por su monto, no debió dedicarse solo al consumo interno de dichas haciendas.1

A favor de esta hipótesis se encuentran numerosos documentos de carácter legal, mediante los cuales la corona española favorecía el desarrollo de esta industria en la Isla. El 8 de junio de 1768 fue aprobado el proyecto de sembrar café en la Isla de Cuba y se relevaba a los cosecheros del pago de derechos durante cinco años. El 18 de enero de 1773, se proclamó para todo el año, la libertad de derechos al café que se producía en Cuba2

1 Tal es el caso, por ejemplo, de la Hacienda de Juana Sotolongo, en La Habana, en la cual una parte importante era dedicada al cultivo del café en 1775. Ver: Archico Nacional de Cuba, Escribanía de Valerio, No. 4773, Leg. 313; De Varios, No. 2198, Leg. 166.
2 A.N.C. Reales Ordenes, No. 176, Leg. 11.


Revista Cubana de Ciencias Sociales 33-34/2003


Sin embargo, al parecer, sobre estas cosechas y la producción no existió mucho control administrativo, pues las estadísticas oficiales no registran grandes adelantos al respecto. De todas maneras, el fomento de esta industria en la Isla requiere de un estudio particular, el cual resulta ajeno a los objetivos del presente trabajo.

Lo cierto es que a principios del año de 1804, solo se registraban ocho haciendas cafetaleras, mientras que a finales de ese mismo año, la cifra aumentó a 56, y la producción creció, solamente en la Jurisdicción de Santiago de Cuba, de 10 000 quintales en 1807 a 40 000 en 1810, y esto como consecuencia directa de la inmigración francesa (15). Las décadas de mayor desarrollo de esta industria en el país fueron las de 1820 y 1830, a partir de las cuales declinó ostensiblemente. En 1827 existían 2 067 cafetales, en 1846 la cifra descendió a 1 670; en 1862 a 782 y en 1877 a 192. ( 10)

De esta manera, el paisaje de algunas cordilleras montañosas y valles se transformó en pocos años, y zonas deshabitadas hasta entonces, como la Sierra del Rosario, al Oeste de La Habana, o los llanos de San Marcos en las zonas de Artemisa se convirtieron en verdaderos jardines.

En este terreno es necesario apuntar que recientes investigaciones desarrolladas por Geggus (11 ) en Santo Domingo acerca de esta industria en el siglo XVIII, han probado que este renglón, por sus características productivas particulares, comparado con el del azúcar, ocupó diferentes espacios ecológicos en dicha colonia, y tuvo una historia diferente.

En el caso de Cuba, esto resulta totalmente válido pero se puede asegurar, además, que en esas diferencias desempeñó un papel importante el factor del carácter inmigrante de muchos de los caficultores y sobre la base de las características de este cultivo, las relaciones de género, reproducción vegetativa, condiciones de vida de los esclavos.

Así, aunque esta industria no estuvo en manos solamente de los colonos franceses, pronto se establecieron importantes diferencias en cuanto a la arquitectura, el uso del espacio, vida cotidiana, cultura local, e incluso en cuanto al trato a los esclavos, por parte de los colonos inmigrantes y los caficultores criollos o españoles.

Por las condiciones de inmigrantes, los caficultores franceses se vieron obligados a vivir en sus propias haciendas, de ahí, que estas plantaciones resulten desde todo punto de vista, muy diferentes a las restantes, pues eran lugares para vivir,