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Sin embargo, al parecer, sobre estas cosechas y la producción
no
existió mucho
control
administrativo,
pues
las
estadísticas
oficiales
no
registran
grandes
adelantos
al
respecto.
De
todas
maneras,
el
fomento
de
esta
industria
en
la
Isla
requiere
de
un
estudio
particular,
el
cual
resulta
ajeno
a
los
objetivos
del
presente
trabajo.
Lo
cierto
es
que
a
principios
del
año
de
1804,
solo
se
registraban
ocho
haciendas
cafetaleras,
mientras
que
a
finales
de
ese
mismo
año,
la
cifra
aumentó a
56,
y
la
producción
creció,
solamente
en
la
Jurisdicción
de
Santiago
de
Cuba,
de
10
000
quintales
en
1807
a
40
000
en
1810,
y
esto
como
consecuencia
directa
de
la
inmigración
francesa
(15).
Las
décadas
de
mayor
desarrollo
de
esta
industria
en
el
país
fueron
las
de
1820
y
1830,
a
partir
de
las
cuales
declinó ostensiblemente.
En
1827
existían
2
067
cafetales,
en
1846
la
cifra
descendió a
1
670;
en
1862
a
782
y
en
1877
a
192.
(
10)
De
esta
manera,
el
paisaje
de
algunas
cordilleras
montañosas
y
valles
se
transformó en
pocos
años,
y
zonas
deshabitadas
hasta
entonces,
como
la
Sierra
del
Rosario,
al
Oeste
de
La
Habana,
o
los
llanos
de
San
Marcos
en
las
zonas
de
Artemisa
se
convirtieron
en
verdaderos
jardines.
En
este
terreno
es
necesario
apuntar
que
recientes
investigaciones
desarrolladas
por
Geggus
(11
)
en
Santo
Domingo
acerca
de
esta
industria
en
el
siglo
XVIII,
han
probado
que
este
renglón,
por
sus
características
productivas
particulares,
comparado
con
el
del
azúcar,
ocupó diferentes
espacios
ecológicos
en
dicha
colonia,
y
tuvo
una
historia
diferente.
En
el
caso
de
Cuba,
esto
resulta
totalmente
válido
pero
se
puede
asegurar,
además,
que
en
esas
diferencias
desempeñó un
papel
importante
el
factor
del
carácter
inmigrante
de
muchos
de
los
caficultores
y
sobre
la
base
de
las
características
de
este
cultivo,
las
relaciones
de
género,
reproducción
vegetativa,
condiciones
de
vida
de
los
esclavos.
Así,
aunque
esta
industria
no
estuvo
en
manos
solamente
de
los
colonos
franceses,
pronto
se
establecieron
importantes
diferencias
en
cuanto
a
la
arquitectura,
el
uso
del
espacio,
vida
cotidiana,
cultura
local,
e
incluso
en
cuanto
al
trato
a
los
esclavos,
por
parte
de
los
colonos
inmigrantes
y
los
caficultores
criollos
o
españoles.
Por
las
condiciones
de
inmigrantes,
los
caficultores
franceses
se
vieron
obligados
a
vivir
en
sus
propias
haciendas,
de
ahí,
que
estas
plantaciones
resulten
desde
todo
punto
de
vista,
muy
diferentes
a
las
restantes,
pues
eran
lugares
para
vivir,
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